lunes, 14 de noviembre de 2011

Sueño relatado en un mail viejo que me encontré buscando otra cosa

Soñé que jugaba un partido de rugby a beneficio con superestrellas del deporte y la cultura. El capitán del seleccionado irlandes me regalaba una pelota de rugby pinchada, con su firma y yo la remataba. Creo que por mercadolibre.
Más tarde había una cena y a algunos de los invitados nos daban medallas de honor de la fundación Nobel, con una botellita de champagne. Despues a los más jóvenes nos hablaba un organizador, que nos decía que fueramos humildes y piadosos con nuestros discursos de aceptación de la medalla porque le iban a dar el premio Nobel a un médico con una enfermedad terminal. Básicamente nos decía: "no hagan chistes estúpidos". Yo estaba medio borracho por la cena y no tenia ganas de recibir mi premio, preferia que me lo lleven a casa porque no quería quemarme con un discurso complaciente que abrazara la careteada post dictadura, conjeturaba que igual dentro de un par de años alguien (de Puan) en alguna entrevista me iba a preguntar por ese evento y yo iba a tener que contestar que fui por la guita.
Me fui.
No sé porqué era famoso en mi sueño.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Deliciosamente enferma

«Nodriza, dice ella, os aseguro sin mentiros que no creía que padeciera ninguna enfermedad, pero ya no lo creo más. Este solo pensamiento me hace mucho daño y me causa gran aflicción. Pero ¿cómo puedo saber, sino lo he experimentado, lo que es salud o enfermedad? De todos los males el mío es diferente, si os digo la verdad. Me satisface y me produce dolor y me deleito en mi desgracia. Y si puede existir un mal que agrada, mi pesadumbre es mi deseo y mi dolor es mi salud. No se de qué me lamento, pues nada siento que me cause dolor a no ser mi propia voluntad. Tal vez mi deseo es sufrir, pero encuentro tanto placer en mi deseo, que me hace sufrir dulcemente, y tanta alegría en mi pesadumbre, que estoy deliciosamente enferma. Nodriza Tesala, dime, ¿no es hipócrita este mal que me parece dulce y me angustia? No sé cómo reconocer si es una enfermedad o no. Nodriza, dime pues el nombre, carácter y la naturaleza. Pero sabe bien que no tengo en absoluto la menor intención de curarme, pues amo mucho este dolor.»


Fenice se regocija en su angustia amorosa en Cligés de Chrétien de Troyes

martes, 27 de septiembre de 2011

Amigo

«¿Qué diré primero?», dice ella. «¿Le llamaré por su nombre o le diré amigo? ¿Amigo? No. ¿Cómo entonces? ¡Le llamaré por su nombre! ¡Dios, es una palabra tan hermosa y tan dulce de nombrar, amigo! Si me atreviera a llamarle amigo... ¿Si me atreviese? ¿Quién me lo prohíbe? Me lo prohibe que puedo mentir. ¿Mentir? No sé lo que será, pero si miento, me pesará. Por esto debo tolerarlo, pues no querría mentir. Dios, él no mentiría si me llamase su dulce amiga. ¿Y yo le mentiría? Ambos deberíamos decir la verdad y si yo miento, suya será la culpa. Pero ¿por qué me resulta su nombre tan difícil de pronunciar que quiero ponerle un sobrenombre? Me parece que hay tantas letras que enseguida, en la mitad, debería detenerme. Pero si le llamara amigo lo diría fácilmente. Puesto que temo flaquear al decir el otro nombre, querría, por mi sangre, que se llamara 'mi dulce amigo'.»

Soredamor, que no se anima a decir "Alejandro" en Cligés de Chrétien de Troyes


miércoles, 3 de agosto de 2011

Que quede claro

Mañana me voy a anotar en italiano. Y no es sólo porque crea que es la lengua más langa, chula y calentona. Es por el Orlando furioso también.

Se ve que Twitter me malacostumbró a ser sucinto porque las palabras me las guardo para los papers y las monografías y mientras las noches se acumulan y mis ojos se pasean por el océano de páginas de A Song of Ice and Fire, mis labios solo balbucean: "qué pedazo de turra".

jueves, 28 de julio de 2011

Otro epílogo para Cárcel de amor

Comulgo con aquellos que no toleran los puntos finales. Descontento con su amargo desenlace, Nicolás Ñúñez escribió en 1496 un epílogo a la Cárcel de amor de Diego de San Pedro. Allí Laureola rompía el silencio y exponía su tragedia, revelando su amor desgarrador hacia Leriano y lamentando, desconsolada, el suicidio del cautivo macedonio. Ese epílogo fue incorporado en las ediciones que siguieron hasta casi olvidarse que no se trataba de la pluma de Diego de San Pedro.

Si me fuera dado reescribir ese epílogo ahora, me concentraría en dos aspectos. Primero, en el deseo de Laureola de visitar el sepulcro de Leriano. La princesa no podría visitar la tumba del noble: si lo ha amado, los mismos motivos que la obligaron a negarse a su cariño le impiden llorar públicamente su muerte; si nunca lo quiso, la visita a la tumba del piadoso héroe podría tener un fin redentor, pero solo conseguiría manchar el honor que su silencio mantuvo blanco.

El segundo aspecto es la lectura de las cartas de Leriano. ¿Qué palabras cobran mayor valor que las de un difunto? En su encierro hilandero, en esa torre de princesa aburrida, solitaria, Laureola solo podría leer y releer las epístolas del joven caballero fenecido. Acrecentando su pena a cada instante, con cada cumplido, lamentando el final que ella no supo remediar. Acaso algunas noches prolongadas se preguntará si todo no fue un sueño, y mirará el trazo del joven muerto para convencerse de que todo efectivamente ha sucedido (es la flor de Coleridge, la que prueba la realidad de lo fantástico, yo tengo un libro que me devolvieron, quién sabe).

Me gustaría, en ese relato imaginado, que Laureola se enamore de Leriano póstumamente, que ya no pueda huir de su sombra y que finalmente, tan imbécil como el propio Leriano, se arroje a una hoguera abrazada a las cartas.

miércoles, 13 de julio de 2011

Dibujos viejos, interpretaciones nuevas

Veo una pintura bizantina en la que hay un tipo acostado en un lecho de cemento y otro parado a sus pies que se supone es su asesino, ambos en una cámara mortuoria cristiana oriental, muy adornada, marrón y dorada. El asesino no sabe que en realidad el tipo acostado finge su muerte, y que en cuanto se dé vuelta el muerto lo va a tomar del cuello con dos manos vigorosas y los va a estrangular ahi nomás. Ambos tienen los ojos abiertos, el asesino mira al muerto, el muerto mira al techo. Esa tensión me fascina.
El titular de cátedra (Rodríguez Otero) propone otra interpretación en su teórico y dice que el hombre en el sarcófago es Trinchero (de hecho se parece muchisimo, pienso). Todos los alumnos ríen.
Después en una charla con mate en casa le muestro el grueso libro en el que tengo una reproducción del cuadro a mi viejo, a una conocida y a una desconocida.
Discutimos los cuatro sobre su composición.

viernes, 8 de julio de 2011

La amistad y la cuestión nacional

Estabamos en El Carguero con Iván y Ramiro. Era el año 2006, creo. Ramiro llevaba la bufanda cruzada a medias y los tres teníamos vino en el vaso. Hablábamos de literatura, seguramente. Iván nos cuenta de la visita de un escritor foráneo (no recuerdo cuál, no quiero buscarlo) que al marcharse del país le preguntaron cual era su opinión de los argentinos y contestó: "los define su único anagrama".
Voraces, Ramiro y yo sacamos lapicera y papel para descubrir el misterio. Nimbo se hacía el distraído, nosotros tachábamos letras.

A R G E N T I N O S

Mirando el papel y repasando las cuentas nos reimos un rato. Iván develó el pensamiento de ¿Vargas Llosa? ¿Arguedas?:

I G N O R A N T E S

Ramiro dijo algo así como que mi armado era más feliz y que debíamos difundirlo. Me pregunto si seguirá reescribiendo la historia para los pájaros; estoy seguro de que sí y que de alguna forma yo hago lo mismo. Hace poco estuve tentado de mandarle un mail. No fue la primera vez ni es la única persona con la que me pasa. Quizás debería escribirle primero a él y después ver si vale la pena mandarle viento a los demás. Sería lo mejor. Además, Ramiro es uno de los mejores contestadores de mails que conozco.
Mi respuesta había sido:

I N T E G R A N O S

Iván también la consideró superior a la del soberbio escritor latinoamericano.

domingo, 26 de junio de 2011

Hace bastante que sueño hipotácticamente

No sé dónde comienza el sueño, pero en la puerta de Puan me encuentro con su compañera inseparable, que está vestida de rosa y blanco, un poco me llama la atención su infantil atuendo. Ella me saluda y casi que me obliga a seguirla, cuando toda mi intención es de esquivarla. Por la cortesía que me caracteriza, la acompaño subiendo las escaleras mecánicas de la facultad que tiene ventanales gigantes en el techo por el que se filtra una luz gélida de inverno.
Obviamente nos encontramos con L, que tiene una onda distinta, habla dos cosas con su amiga y yo me quiero marchar pero me sostiene del brazo. Tiene piercings en la boca y en la nariz (¿será un desplazamiento de los piercings de A? para pensarlo), está sencilla y muy linda, como siempre, lleva puesta la remera verde de manga larga que tiene en las fotos que le saqué en el micro que nos trajo de Bariloche hace unos años. Me habla, hace frío o estoy temblando de nervios, el piso de la facultad está desierto y se parece cada vez más a un aeropuerto. Sus palabras son torpes, siempre lo fueron, pero entiendo lo que quiere decir y antes de que complete su discurso la tomo entre mis brazos. La sensación del beso es muy pregnante, siento sus nuevos aros hacerme cosquillas en los labios.
Hablamos de banalidades y me cuenta que se los hizo en un arranque de querer encontrar cosas nuevas, muy clisé, ella sabe que lo es. Su cara está fría y un segundo beso me hace sospechar, le pido que por favor no sea un sueño y me condeno a despertarme en una plaza. Al lado mio, tirado en el pasto está B y otros amigos, que escucharon mis palabras entresueños y entendieron todo. Yo lo comprendo inmediatamente y me largo lleno de vergüenza esquivando a la gente (en la plaza en la que estamos hay un recital) y a mis amigos que intentan disuadirme, me piden que me calme, que me quede.
Todavía muerto de vergüenza y ofendido conmigo mismo, me tomo un tren hacia el fin del mundo. Las vías recorren una cordillera gigante e infranqueable, la gente se va bajando estación tras estación. La temperatura baja pero ya no siento más frío. Estoy solo en el vagón cuando el tren arriva a la última estación. Desierta. Corre un viento paralizante. Aun tengo que caminar un par de kilometros para alcanzar el único paso a través de la cordillera, hacia el otro mundo. Recorro ese camino inhóspito con decisión. Entre la nieve apenas se ven unas construcciones simples abandonadas, hechas probablemente por gobiernos peronistas del pasado. Llego a la brecha, unos perros o monos juegan con una pelota y uno sin querer se quiebra el cuello en una caída, pero sigue jugando. Cruzo la cordillera, como si fuera una pared, por un umbral. Del otro lado todo está nevado y descubro que el secreto de la patria a la que me he autoexiliado es que está repleto de criaturas mágicas salvajes. El pensamiento me advierte que esa magia me va a ser adversa, pero igual decido quedarme, aunque la idea de volver y develar el secreto me tienta. Decido quedarme para no volver.

viernes, 18 de marzo de 2011

Verse morir

Bajo el subtítulo "¡Cerrado por obras!", Benjamin escribe en Dirección única:
Soñé que me quitaba la vida con un fusil. Cuando salió el disparo, no me desperté, sino que me vi yacer, un rato, como un cadáver. Sólo entonces me desperté.
Yo soñé igual una vez.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Una mujer no es anoréxica porque le falte algo, sino porque puede tenerlo todo


Empecé este texto en 2008 y lo completé hace un rato para incluirlo en una monografía. No es muy metódico, no es sobresaliente y de hecho ni parece mi escritura por momentos pero es un texto bello y triste.

Lola (y todo París con ella) vive imaginariamente la guerra de Estado que no existe en el frente de batalla. Su responsabilidad en la tarea de los buñuelos es la contracara de la indisciplina de Ferdinand en el campo de batalla. Su gesto serio en el compromiso con la tarea es el rostro del humanismo lanzado a la guerra con la misma resolución que los generales reventados en las trincheras.
En cuanto dejaba de besarla, ella volvía a la carga sobre los asuntos de la guerra o los buñuelos y yo no la inte­rrumpía. Francia entraba en nuestras conversaciones. Para Lola, Francia seguía siendo una especie de entidad caballeresca, de contornos poco definidos en el espacio y el tiempo, pero en aquel momento herida grave y, por eso mismo, muy excitante. Yo, cuando me hablaban de Fran­cia, pensaba, sin poderlo resistir, en mis tripas, conque, por fuerza, era mucho más reservado en lo relativo al en­tusiasmo. Cada cual con su terror. No obstante, como era complaciente con el sexo, la escuchaba sin contrade­cirla nunca. Pero, tocante al alma, no la contentaba en absoluto. Muy vibrante, muy radiante le habría gustado que fuera y, por mi parte, yo no veía por qué había de en­contrarme en ese estado, sublime; al contrario, veía mil razones, todas irrefutables, para conservar el humor exactamente contrario. (Céline, 2006:65)
El espíritu radiante de Lola demuestra el verdadero convencimiento por el lanzamiento a la batalla del que habla Badiou. Francia existe como entidad en las ensoñaciones de Lola, no así en el estertor del capitán moribundo que Robinson se cruza en la desbandada de su unidad (Céline, 2006:54)[1] Su gusto por las modas muertas (el hipódromo), su patriotismo de extranjera, su sed de epopeyas, arrastran a Ferdinand, por seguir su cuerpo, a iniciarse poco a poco en la mentira como forma de adaptación. Sin embargo, mientras Ferdinand es consciente de la energía de lo real que hay en el semblante que monta, Lola está presa de su propio imaginario. Hay un punto ciego de la felicidad y el optimismo[2] de Lola: la anorexia.

Roland Barthes, en Lo neutro, desbarata la inanidad de esta patología cimentada en innumerables talk shows y charlas escolares mediante su vinculación a la figura de la Arrogancia: “el anoréxico no desea nada” (Barthes, 2004:212). Hay una colmadura asfixiante del deseo, entonces el sujeto pasa a desear aquello que no pueden darle: nada.
En resumen, todo marchaba perfectamente y estábamos ganando la guerra, cuando un buen día, a la hora de almorzar, la encontré descompuesta, incapaz de probar un solo plato de la comida. Me asaltó la aprensión de que hubiera ocurrido una desgracia, una enfermedad repentina. Le supliqué que se confiara de mi afecto vigilante. Por haber probado, puntual, los buñuelos durante todo un mes, Lola había engordado más de un kilo. Por lo demás, su cinturoncito atestiguaba, con una muesca más, el desastre. Vinieron las lágrimas. Intentando consolarla, como mejor pude, recorrimos, en taxi y bajo el efecto de la emoción, varias farmacias, situadas en lugares muy diversos. Por azar, todas las básculas confirmaron, implacables, que había ganado sin duda más de un kilo, era innegable. Entonces le sugerí que dejara su servicio a una colega que, al contrario, necesitaba entrar en carnes un poquito. Lola no quiso ni oir hablar de ese compromiso, que consideraba una vergüenza y una auténtica deserción en su género. (Céline, 2006:63)
Céline adelanta, señala lo que todavía no tiene nombre. En el texto no aparece ni una vez la palabra anorexia (por otra parte el tema se aborda más bien poco en las paginas subsiguientes) ni parece probable que aparezca en otros textos de la década del 30 (la cita de Gide de la que Barthes recoje la palabra exótica es de 1949). Este episodio de anorexia abre la posibilidad a dos lecturas, para nada excluyentes:
a) La endoxal: la angustia de Lola es parte de su alienación, su superficialidad. El gusto de Lola por las modas muertas (la pena porque los hipódromos quizas nunca abran otra vez) y vivas (su pasión por la Legión de Honor) guían esta lectura. Lola quiere mantener su figura porque obedece el mandato cultural de la belleza. En este caso el deseo de Lola es un querer-asir de la norma cultural, tener lo que todos quieren.
b) La hermenéutica: Lola, más allá de lo imaginario, en lo real, se rehusa a realizar intercambios con el mundo. Colmada como está por el lugar dorado que le dio la vida, pasa a desear la nada. Ese deseo de la nada (ataraxia, atributo divino) puede ser entendido en el seno de una constelación propiamente humanista.
El taedium de los romanos se prolongó hasta el siglo I. La acedia[3] de los cristianos apareció en el siglo III. Reapareció bajo la forma de melancolía en el siglo XV. Regresó en el siglo XIX con el nombre de spleen. Y regresó en el siglo XX con el nombre de depresión. No son más que palabras. Un secreto más doloroso habita en ellas. Del orden de lo inefable. Lo inefable es lo «real». Lo real no es otra cosa que el nombre secreto de lo más detumescente en lo profundo de la detumescencia. A decir verdad, no hay más lenguaje que el lenguaje. Y todo lo que no es lenguaje es real. (Quignard, 2005:171-172)
Hay que aclarar que la acedia puede ser considerada el reverso de la anorexia en cuanto se trata de un exceso en el deseo de lo material; sin embargo, en esta constelación transhistórica (taedium, acedia, melancolía, spleen, depresión) hay un origen único del cual la anorexia también puede reclamar paternidad. Se trata de ese dolor secreto que Quignard señala que les es común. El humanismo parece tener la capacidad de fabricar su propio malestar. La fuerza del deseo, de lo imaginario (acedia es para Petrarca, ante todo, querer) choca con lo real sin poder alcanzarlo. Esta fuerza es interior (“la complacencia sin límites en la peste interior”) y al enfrentarse con la pura exterioridad de lo real, prefigura ya un retiro, una anacoresis. En su reencuentro con Lola en Norteamérica, varios años después, Ferdinand no deja de advertir:
Sin embargo, yo creía haber notado en Lola algo nue­vo, instantes de depresión, de melancolía, lagunas en su optimista necedad, instantes de esos en que la persona ha de hacer acopio de energía para llevar un poco más ade­lante lo conseguido en su vida, en sus años, ya demasiado pesados, a pesar suyo, para el ánimo que aún tiene, su co­china poesía. (Céline, 2006:253, mis cursivas)
La pequeña náusea de Lola, en el tiempo catastrófico de la novela, se extiende hasta un gesto que Bardamu puede reconocer. La anorexia florece en melancolía y depresión, es el humanismo en su fase de canto de cisne; similar al fastidio del piloto de guerra[4], que en su optimista necedad termina su relato compremetiéndose a la restauración de un humanismo menos superficial que el de Lola, pero igual de perverso.

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[1] Este veterano que llora “¡Mamá!” encuentra un compañero en una página fundacional de la literatura argentina. Ése prefirió gritar “No me dejen solo, hijos de puta” en lugar de “Viva la patria”.

[2] “Al fin y al cabo, Lola no hacía otra cosa que divagar sobre la felicidad y el optimismo, como todas las perso­nas pertenecientes a la raza de los escogidos, la de los pri­vilegios, la salud, la seguridad, y que tienen toda la vida por delante” (Céline, 2006:65).

[3] Los cristianos describen la acedia como un vitium (un pecado mortal). Es la incapacidad de estar atento. Es la falta de interés por todo, inclusive por el bien, por el prójimo y hasta por Dios. Es el letargo diabólico. Es la fascinación por el suicidio. Es la depresión que amplifica a los ojos de los romanos convertidos en cristianos las características del taedium, de la complacencia sin límites en la peste interior, en la regresión de la fuerza, en el aniquilamiento de la voluntad, en la pérdida de atractivo de todas las cosas que culmina en la voluptuosidad del descontento infinito, el aborrecimiento de vivir que se empecina contra su creador (Quignard, 2005:172-173).

[4] Antoine de Saint-Exupery.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Kinesiología

Salgo de mi cuarta sesión de kinesiología y pienso en que tengo que volver a escribir algo en este blog. La lesión de mi rodilla fue el mismo fin de semana de octubre en que todo se empezó a ir a la mierda, como si necesitara un cabezazo en mi rodilla para poner en marcha la somatización.
Karina, mi kinesióloga (en realidad no sé si es Carina o Karina, pero siendo Kinesióloga, ¿cómo no va a ser Karina?) me pregunta si me duele y yo le contesto que no. Apenas cuando ando mucho en bici siento una molestia arriba de la rótula. Karina me pide que no ande tanto en bicicleta por estas semanas de tratamiento. Le hago caso, paso de los 25km casi diarios a 20 cada dos días. Pero la bicicleta es terapéutica también (hay varios dolores) y el domingo, ansioso, me pongo a hacer pesas, con la cabeza tan en otra parte que no me doy cuenta de que fuera de entrenamiento como estoy no puedo levantar lo que estaba acostumbrado. El saldo: dos brazos contracturados hasta hoy. Después de certificar que mi rodilla no duele, le pedí a Karina ejercicios para los brazos, pero me mostró los que ya conocía.
No es fácil la sesión de kinesiología. Cuando fui por el vértigo (preludio al desastre), tenía un rato de electricidad y luego unos placenteros y rudos masajes. Con la rodilla es distinto. Tengo que estar cuarenta minutos acostado en la camilla, con el cilindro tirándome ondas, y el tiempo no pasa más. El box es muy oscuro como para leer, la música que pone Karina es aburrida (hoy no tanto, ayer Serrat...) y es la hora en que me empiezo a despabilar como para dormir. Es inevitable pensar, sobre todo a tan pocas cuadras. Con suerte, puedo escuchar las conversaciones de Karina y el paciente del box de al lado, pero no pasa seguido. Luego del letargo tortuoso de mis propias cavilaciones malentretenidas, Karina aparece, desconecta el cilindro y me lo saca. Conecta el láser y me lo pasa por unos cinco minutos con movimientos caprichosos. Esto es lo más delicado y placentero. Después me embadurna con ese gel de masajista (odio todas las cremas y el gel, más sobre una piel alfombrada de pelos como la de la pierna) y me soba la zona con las dos manos (digo "sobar" porque estoy releyendo la traducción gallega de Viaje al fin de la noche). Después me hace flexionar y estirar la rodilla. Ahí es cuando pregunta si duele. No, ya no duele.