viernes, 7 de junio de 2013

Gritar

Mis viejos nunca me levantaron la mano, siempre que me tuvieron que cagar a pedos me mantuvieron a raya con la potencia de sus gritos. Mi vieja es gritona. Mi viejo es super tranquilo, por eso el grito de mi viejo era como cuando Shaka abre los ojos. Como resultado de una crianza efectiva odio los gritos y me pone muy nervioso cuando la gente levanta la voz en una discusión. Por tanto, como no puedo fajar a mis alumnos y no quiero levantar la voz, trato de cagarlos a pedos mediante técnicas disuasivas como "les voy a dar tarea y les va a caber", "cada día que se portan así agrego una pregunta al parcial", todo dicho con la mejor voz de pancho. Trato de no cumplir con esas amenazas, porque no quiero ser gorra y porque (honestamente) implicaría laburar más por el mismo sueldo. A veces lo cumplo, no obstante. De todas formas, como la mayoría de los docentes sabe, esta estrategia eventualmente deja de surtir efecto (sobre todo con los grupos menos razonables) y, previo quedarse de brazos cruzados esperando que hagan silencio solos y golpear el borrador contra el pizarrón, uno no tiene más alternativa que gritar. Yo tengo una voz muy potente y grave, no hay forma que puedan pasar por encima de mi grito cuando la uso en su máximo volumen. De hecho fue bastante sorprendente para mí descubrirme capaz de llegar a esos decibeles. Cuando recurro al grito mis alumnos suelen recular. Se quedan callados y se enderezan, movidos por un repentino miedo animal muy explicable. Pero gritar me hace mierda. No físicamente sino emotivamente: me pone susceptible, intolerante, vulnerable. No grito porque me saco, me saco porque grito. Gritar es un final blow que me consume HP.

sábado, 25 de mayo de 2013

Discurso: 25 de mayo


 Tuve que escribir unas palabras para el acto del 25 de mayo del colegio en el que trabajo. En solidaridad con el gremio, subo el texto acá para que Google guíe a mis colegas hacia él en actos futuros.


Cielitos patrióticos
Palabras para el acto del 25 de mayo
Prof. Ezequiel Vila

Me resulta difícil pensar en el acontecimiento que nos convoca a través de las tesis filosóficas y las evidencias de la historiografía. Quizás sea porque de esa manera no estaría en mi área de especialización, quizás porque considero que el destino de los hombres escapa a todos los tejidos de causas y consecuencias que podamos formar. De todas maneras, y afortunadamente, la memoria nos ofrece una vía alternativa hacia el pasado que no es la de los hechos, los documentos y las certezas sino la de los relatos, las voces y la imaginación. La historia y la literatura son dos caras de la misma moneda, pero mientras la primera se circunscribe a lo manifiesto, la segunda nos obliga a ir hacia lo subterráneo. No quiero desmerecer a los patricios que vieron la oportunidad de gestar esta patria, a unas cuadras nomás de acá, hace más de 200 años, pero no voy a hablarles de próceres y actos de gobierno sino del pueblo y de su poesía. Quiero hablarles del primer pueblo argentino y de la primera vez que cantó.

Probablemente ninguno de ellos estuvo en la plaza el 25 de mayo de 1810, pero adjudico la invención de la patria a los gauchos, los mestizos, los soldados que dieron su vida en las luchas de independencia. Ellos hicieron que una rebelión oportuna, meritoria y justa, pero porteña al fin, se convirtiera en una reivindicación común, un deseo colectivo, una causa nacional. Los gauchos dieron al republicanismo bonapartista y al ideal romántico el idioma latinoamericano y el acento telúrico. La lucha en las vastas llanuras de América no podía tener la tristeza del Hyperion de Hölderlin ni la solemnidad del romanticismo europeo en general. Necesitaba de la provocación y el humor que los soldados cantores diseminaron en los campos de batalla con sus cielitos patrióticos.

Bartolomé Hidalgo fue un huérfano, pobrísimo, venido de la Banda Oriental, soldado desde los 18 años, miembro desde el primer año del ejército de la revolución, que compuso y puso por escrito la mayoría de los cielitos y diálogos patrióticos de los que nos quedan testimonio, verdaderos cantos de guerra que las tropas se pasaban alrededor del fogón en los campamentos para animarse. ¿Qué otro tenor puede tener la identidad patriota en América si no es la de los versos que aparecen, por ejemplo, en el “Cielito contra el Manifiesto de Fernando VII”?

El conde cree que ya es suyo
nuestro Río de la Plata:
¡cómo se conoce, amigo,
que no sabe con quién trata!

En política el Rey es diablo
vivo sin comparación,
el reino que le confiaron
se lo largó a Napoleón.

Para la guerra es terrible
balas nunca oyó sonar,
ni sabe qué es entrevero,
ni sangre vio coloriar.

Lo lindo es que al fin nos grita
y nos ronca con enojo,
si fuese algún guapo... ¡vaya!
¡Pero que nos grite un flojo!
(“Cielito contra el Manifiesto de Fernando VII” - Bartolomé Hidalgo)

¿Quién puede escuchar estos versos burlones y orgullosos y dudar que no provienen de un pueblo que nació para ser libre? Estos cielitos repletos de provocaciones, chanzas e insultos, no se limitan a proclamar la emancipación y la soberanía sino que están concebidos, ante todo, para ridiculizar a los enemigos. La patria se contagió con la necesidad de recordarle a los españoles que éramos libres y que éramos mayores, que ya no mandaban en el Río de la Plata, que habían corrido en Maipú, que hablaban en un español colonial y ceremonial que ya nada tenía que ver con nuestro criollo risueño y desfachatado. Para estos hombres la conformación de la patria es la oportunidad de que la identidad sea el caballo, la llanura, el cuchillo. La patria es la promesa de ser ellos mismos con la frente en alto, la oportunidad de vivir entre iguales. Seguramente la patria fue una idea intelectual, pero el pueblo rápidamente se la apropió.

Pero si el cantor respira la libertad para burlar al extranjero también se siente habilitado para criticar el proceso desde adentro. Las tensiones que un poeta oficial jamás podría recuperar se encuentran representadas en varios diálogos patrióticos, suerte de payadas a contrapunto que recorren junto a los cielitos las tiendas de campaña y las pulperías. La conciencia crítica que recién podremos encontrar en los intelectuales nacidos durante la revolución (como Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento), encuentra un precedente en versos como los que siguen:

De los años que llevamos
de nuestra revolución
por sacudir las cadenas
de Fernando el balandrón:
¿qué ventaja hemos sacado?
Las diré con su perdón:
robarnos unos a otros,
aumentar la desunión,
querer todos gobernar,
y de faición en faición
andar sin saber que andamos:
resultando en conclusión
que hasta el nombre de paisano
parece de mal sabor
(“Diálogo patriótico interesante entre Jacinto Chano, capataz de una estancia en las Islas del Tordillo y el Gaucho de la guardia del Monte” - Bartolomé Hidalgo)

Quiero cerrar estas palabras con una anécdota sobre esa canción que escuchamos hace un rato. El 25 de mayo de 1812, Luis Ambrosio Morante, en palabras de todos un “mulato, gordo y feo” epítetos que no le impedían ser el actor principal de la naciente escena teatral porteña (algo solo posible después de la Revolución, por cierto), escribe y protagoniza la obra “El 25 de Mayo o Himno a la libertad”. Con música de Blas Parera, la obra finaliza con un poema escrito por el mismo Morante. En las gradas de esa representación se encontraba el abogado y político antisaavedrista Vicente López y Planes, quien, conmovido, escribe esa misma noche los versos que siente que le faltaron a esa canción:

Sean eternos los laureles
que supimos conseguir:
coronados de gloria vivamos,
o juremos con gloria morir.

La asamblea del año 1813 le encargará la composición del himno nacional. López y Planes convoca a Blas Parera y escribe en perfectos decámetros una nueva letra para esa marcha triunfal oída en el teatro. El himno, conocido entonces como “Canción patriótica” se canta en las tertulias de Buenos Aires. Pero no tarda en volver a las masas. Este es el testimonio de uno de los tantos viajeros ingleses al Plata, durante la década de 1810:

Por la tarde, nuestros compañeros, después de beber un vaso de algo estimulante, rompieron con una de sus canciones nacionales, que cantaron con entusiasmo como nosotros entonaríamos nuestro ‘Hail Columbia!’. Me uní a ellos en el fondo de mi corazón, aunque incapaz de tomar parte en el concierto con mi voz. La música era algo lenta, aunque audaz y expresiva... este himno, me dijeron, había sido compuesto por un abogado llamado López, ahora miembro del Congreso, y que era universalmente cantado en todas las provincias de El Plata, así en los campamentos de Artigas, como en las calles de Buenos Aires; y que se enseña en las escuelas como parte de la esencia de la educación de la juventud...
(Viajes a América del Sur - Henry M. Brackenridge)

Si el pecho de los viajeros, inflamado por la caña, busca las estrofas del himno nacional como la mano sin darse cuenta busca la botella, creo yo que es porque López y Planes encontró en esos últimos versos la esencia de la causa patriótica, la insignia que solo puede llevar un pueblo orgulloso y guerrero, algo que solo puede decirse un hombre decidido a salir al campo de batalla: ¡venceremos “o juremos con gloria morir”!.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Ayuda

«La innovación narrativa más importante de la historia -y, por qué no, de la prehistoria- la introdujeron los ingenieros de Microsoft en la forma de un clip animado que, cuando uno empieza a escribir un ensayo sobre árboles y dependencias sintácticas, salta y dice algo como: "Usted está por escribir una carta de amor, ¿necesita ayuda?". La tentación a decir que sí es muy fuerte, casi obvia, y explica la ausencia de combates teóricos en las últimas décadas.»

Me lo escribió en Facebook hoy Augusto Trombetta. Me pareció lo suficientemente genial para subirlo acá sin pedirle permiso.

jueves, 19 de julio de 2012

Aceleración y desaceleración

El crecimiento hiperbólico es el patrón que algunos indican que sigue el aumento de la información y de hecho ha sido el ritmo en como ha venido creciendo la población mundial por lo menos hasta principios de siglo. Robert Anton Wilson generalizo la ley del crecimiento de la información bajo el nombre del fenómeno del Jesús saltador, que se inspira en la idea de comenzar a contar los años a partir del nacimiento de Jesús, aunque también parece un nombre irónico y humorístico, porque a medida que pasa el tiempo no son pocos los que siguen pensando en el fin del mundo y la inminente llegada de Jesús. Según Wilson, se inspiró en Alfred Korzybski, el autor de la Semántica General, quien habría observado que la información se duplicaba cada cierto tiempo. Korzybski tomo como base, de todo el conocimiento acumulado y disponible por la humanidad, el año 1 después de cristo, Wilson le llama el primer Jesús. La primera duplicación se habría dado durante el apogeo del renacimiento, con lo que se tendrían entonces 2 Jesús. La segunda en el año 1750, 4 Jesús y las siguientes en los años, 1900, 1950, 1960, 1967 y 1973 (128 Jesús). Para el 2000 se calculaba que la información se duplicaba 2 veces en un año. Sin embargo de acuerdo a otro estudio realizado por la Universidad de Berkeley en el año 2004 por los profesores Peter Lyman y Hal Varian, a instancias de Microsoft Research, Intel, HP y EMC, la información que se genera y se registra en el mundo aumenta a un ritmo de solamente 30% anual desde 1999.

Fuente: Wikipedia.


"la información que se genera y se registra en el mundo aumenta a un ritmo de solamente 30% anual desde 1999"

jueves, 12 de julio de 2012

Hilos

Hoy me escribió un mail mi director de adscripción para agradecer la reseña de su libro más reciente que publicamos en nuestra revista.
El domingo, antes de que ella llegara, pedí un café y estuve leyéndolo.
El amor y la literatura en la Buenos Aires posmoderna y oscurantista.

jueves, 16 de febrero de 2012

Recepción

El principio consistía en mi mamá ayudándome a vestirme. Yo salía de la habitación, bajaba una escalera y todos me aplaudían. Era un salón lleno de amigos alrededor de unas mesas con caballetes, todos aplaudiendo de pie. Estaban celebrando mi recuperación. Yo estaba emocionado y contento, pero sabía que no tenía que olvidar lo que estaba soñando para contarle al profesor. Mi mamá estaba conmovida también. Yo les agradecía y sobre todo le agradecía al profesor, sin cuya asistencia no podía haberme recuperado. Algunos invitados me vestían con bloques de plástico amarillo, y me convertía parcialmente en cyborg. De repente estaba de nuevo escaleras arriba, en la habitación, con el profesor y trataba de contarle el sueño de la bienvenida. El profesor intentaba escucharme pero lo notaba distraído. Volví a bajar la escalera y entre la recepción esta vez notaba a Matías Delgado quien me saludaba con muchísimo afecto. Con él estaba su prima, que era igual a él pero trasvestido. Regresaba a la habitación y contaba la variante, el doctor veía mi sueño proyectado en la pared y quedaba embobado. Le preguntaba cuánto había dormido esta vez, si cuatro días, una semana o más. Pero el doctor no me contestaba, en cambio me confesó que la mujer de mi sueño había sido un gran amor, una ex paciente. Me cuenta que soñaron juntos cuatro meses seguidos, que fue un escándalo en su momento. Incluso salió en los diarios y tuvo que dejar por un tiempo la profesión. Yo veía en mi mente (o soñaba) la tapa del diario en la que los veía a los dos fotografiados en blanco y negro por sorpresa. Volvía a soñar con mi bienvenida, pero esta vez, antes de abrazarme con los que me recibían, me subía a un banco y trataba de decirles que les agradecía pero que era una falsa alarma, tan solo otro sueño. Despertaba de nuevo con el profesor y los dos conveníamos en que mi recuperación estaba cerca. Seguí soñando con la fiesta.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Sueño relatado en un mail viejo que me encontré buscando otra cosa

Soñé que jugaba un partido de rugby a beneficio con superestrellas del deporte y la cultura. El capitán del seleccionado irlandes me regalaba una pelota de rugby pinchada, con su firma y yo la remataba. Creo que por mercadolibre.
Más tarde había una cena y a algunos de los invitados nos daban medallas de honor de la fundación Nobel, con una botellita de champagne. Despues a los más jóvenes nos hablaba un organizador, que nos decía que fueramos humildes y piadosos con nuestros discursos de aceptación de la medalla porque le iban a dar el premio Nobel a un médico con una enfermedad terminal. Básicamente nos decía: "no hagan chistes estúpidos". Yo estaba medio borracho por la cena y no tenia ganas de recibir mi premio, preferia que me lo lleven a casa porque no quería quemarme con un discurso complaciente que abrazara la careteada post dictadura, conjeturaba que igual dentro de un par de años alguien (de Puan) en alguna entrevista me iba a preguntar por ese evento y yo iba a tener que contestar que fui por la guita.
Me fui.
No sé porqué era famoso en mi sueño.